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Presentación Artística




 Sobre mis pinturas

Me he valido de la cualidad como pintor para expresar lo que siento ante tanta belleza y me resulta mucho más fácil expresarlo a través de los lienzos que aquí se exponen.

El sentir por la luz y por mi tierra no ha sido una mera casualidad, ha sido la fortuna que me ha brindado el destino por haber nacido en tierras valencianas. Tierras llenas de una luz sin igual y de naranjales.

La admiración inculcada y sentida desde mi niñez hacía un tema tan espectacularmente hermoso como son nuestros naranjales, compendio de tantas variedades, tamaños, formas y colores, repletos de la cálida luz de la mañana, de la tarde, y porque no, de aquella, que, transformada en media oscuridad ilumina con la tenue luz nocturna nuestros campos inundándose de quietud y descanso.

Dar un paseo por nuestros campos en cualquier hora del día sin dejarse llevar por las prisas cotidianas y observar y sentirse observado por esos miles de minúsculos ojos que lo pueblan, atentos en cada instante para echarse a la fuga al más mínimo movimiento sospechoso. A nuestros pies, como sombras de gigantes, se proyectan las de nuestros naranjos, creando la sensación vista a lo lejos, de una enorme sierra dentada con vida propia cambiante al son de la luz que la aviva. Ella, es la encargada de crear espacios oscuros, volumétricas formas y acentuar otras que, al contraste con estas, parecen más luminosas. Si observamos con detenimiento esa proyección de sombras, que pasan por nuestros pies y sobre un camino de tierra, veremos el cálido color con que envuelve a las pequeñas, medianas y más grandes piedrecillas y cómo no, a esas hierbecillas resistentes al paso de los transeúntes, que con su tenaz persistencia aguantan y reclaman una y otra vez el derecho de propiedad sobre la misma, creando un conjunto apastelado de formas y pequeñas figuras. Es, como si de un minúsculo mundo unicolor se tratara. No obstante, y observando aún más detalladamente dichos elementos matizados de un mismo color, si se ven matizaciones de otros colores que, aunque envueltos por la sombra predominante resaltan con resignación sus estandartes de colores. Da la sensación que ese sea el auténtico color de las cosas. Es curioso observar cuan cambiantes son las sombras dependiendo de la intensidad de luz que las rodea. Estas, parecen conjugar con la luz un acuerdo de colaboración y respeto por los espacios ocupados. A su lado, como marcando una línea divisoria entre un mundo y el otro, se dibuja, con la viveza propia de nuestra luz diurna, el mundo de la luz, en donde es preciso si la fijación ha sido intensa, cerrar y volver a abrir los ojos, para que estos se adapten a esa nueva situación de claridad. En dicho espacio, los colores se avivan e intensifican hasta tal extremo que adquieren vida propia. Los colores verdes despliegan toda su hermosura creando un sin fin de tonalidades que, aunque verdes a simple vista, retienen sus matizaciones para aquel que sin prisas las quiera observar. Estas esplendorosas matizaciones de las distintas tonalidades hacen de ese nuestro verde valenciano estandarte de exclusividad. El amarillo, ese amarillo de luz y claridad apastelado en algunos casos, oscuro en otros, brillante he intenso en otros y cómo no, ese amarillo cegador casi blanco que marca con su aparición un día limpio y soleado, o bien marcando como contraluz esas formas con aparente vida propia de las ramas de nuestros naranjos. El azul, qué podría decir de ese color que como colofón del verde y del amarillo configuran las auténticas señas de identidad de nuestros campos valencianos. Y allá en lo alto, y como por encima de todo lo demás, aparece el color blanco. Color, en algunas ocasiones nítido y transparente, con una dulzura que lo envuelve todo, sus distintas tonalidades hacen de él, el maestro, el artífice, el moldeador de esa sin igual obra de la creación que, como hijos predilectos escogió a los valencianos como benefactores de esa magna obra de pureza. ¡Ah!, cuánto se agradece ese espacio de luz que durante los meses de invierno da calor y cobijo a los cuerpos de los agricultores que, cansados por el duro trabajo en él se refugian ocasionalmente. En verano, sin embargo, se agradecen esos lugares sombreados que dan a esos mismos cuerpos resguardo fresco y agradable.

Ese espacio de luz diurna que se proyecta sobre esos campos de naranjales crea ante el espectador que lo observa, una imagen detallista de los colores de las hojas de los naranjos. Estas adquieren tonos y coloraciones distintas dependiendo de su situación y de la incidencia de esa luz que resbala sobre ellas. Vemos en una misma hoja, varias tonalidades. Vemos, siendo verde como es, los bordes y el envés amarillos y blancos otras veces a esa misma hoja con esos u otros colores cambiados, formando entre todas las hojas una gama multicolor cambiante y variada. Las hojas, posadas armoniosamente sobre el árbol con sus distintas formas y posturas, crean un abanico de colores que cubren cualquier esquema imaginario, pero ordenado de tal manera que configuran la esencia de lo sublime.

Las ramas, qué compendio de sabiduría y acierto evolucionó hacia la adecuación sistemática de esos fuertes y a la vez delicados brazos capaces de sostener y armonizar con gracia para mantener vivas a tantas y tantas preciadas riquezas. Su ordenamiento es de mayor a menor tamaño, y su color también varía dependiendo de la incidencia de la luz. Llega del oscuro al claro, y en su composición mantiene cómo no, los colores de su preciada riqueza. La luz, al tropezar con ellas, las orienta con su resplandor hacia lo infinito.

Por la mañana, el roció matinal, que impregna las verdes y oscuras hojas cambiantes de color según la posición en la que se encuentran, hace que las mismas reluzcan con todo el esplendor imaginario. A sus pies, como fieles guardianes de tan hermosa belleza vigilan sin cesar flores y florecillas repletas de cálidos colores que arropadas bajo el espeso y enorme manto que a modo de terciopelo verde lo cubre todo con sus hojas suaves a modo de corazones y que retienen para sí esas minúsculas gotas matinales que empapan con el sudor fresco de la mañana los pies de los caminantes. “Acederilla” o “Agria” cómo aquí lo conocemos, marca con su aparición en los campos año tras año la esperada cosecha.

Qué placer da tumbarse sobre esa alfombra verde y sentir la suave brisa y el embriagador aroma del Azahar, flor entre las flores, de exquisito perfume (Azahar, proviene del árabe al-azahar, cuyo significado es flor blanca), que inunda en primavera todos los campos valencianos. O bien, entrever entre las esplendorosas hojas verdes a esos frutos de apariencia cambiante y de una gama multicolor de menor a mayor tonalidad y dependiendo, claro está, de la hora, de la luz y de la humedad reinante. Me refiero como no a las naranjas: redondas, ovoidales, achatadas; pequeñas, medianas o grandes dependiendo de sus distintas variedades. De sabores claramente diferenciados según su especie, pero todas ellas con el mismo denominador común que diferencia las “valencianas” de todas las demás, ese agridulce especifico propio de nuestro micro clima que es único y diferenciador juntamente con la luz de nuestros campos valencianos.

En lo alto, un cielo limpio, puro y transparente apenas azulado, da paso a esa luz blanca y cegadora, que aviva los colores y da sentir a la vida. Esa luz, tan diferente y especial que nos envuelve, es como sentirse en un espacio protegido y fuera del alcance de tanta polución incontrolada.

Qué agradable se siente uno al dejarse llevar por esa paz y tranquilidad envolvente que le sumergen y lo transportan a esos remansos de armonía añorados y experimentados durante toda la vida. No se duda un instante, en mordisquear uno de los tallos de ese acristalado amarillo verdoso que te rodea por todas partes, y sentir ese sabor ácido y agradable que te transporta nuevamente al lugar en donde te encuentras.

Vienen a mis recuerdos, momentos de completa paz en esos días, en los que tumbado sobre esa misma alfombra y arropado por la agradable sombra de un naranjo reposaba relajado contemplando tan armoniosa grandeza, momentos que utilizo continuamente, cuando agobiado por el ajetrear cotidiano me transporto mentalmente a ese lugar en donde encuentro en completa soledad humana la paz necesaria para mantener el día a día.

Sobre mis pinturas y dibujos tengo que especificar que son originales, así mismo, lo son los enclaves en donde se han realizado. Los agricultores que han servido de modelos en las mismas y los paisajes son de las siguientes poblaciones de la Comunidad Valencia-España por orden de preferencia:

Rafelcofer, Beniarjó, Fuente Encarroz, Almoines, Bellreguart, La alquería de la Condesa, Gandía, Oliva, Pego.

 

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